
La mística de la invención.
Un mecánico en Detroit, le quita horas a su descanso para dar vida en el taller de su casa al futuro primer auto de serie.
En un pueblo de California, un joven programador y su amigo conciben en el garage de sus padres, la computadora que cambiará la historia.
Un hijo de herreros, en un galpón prestado, crea en plena pampa húmeda argentina, una de las primeras cosechadoras automotrices.
Hay en el mundo una categoría especial de empresas. Son aquellas que han nacido bajo la determinación de imaginar y desarrollar una solución enteramente nueva: esa clase de productos que merecen ser llamados simplemente inventos. Para estas empresas, la búsqueda de la innovación no es una exigencia para el progreso de los negocios. Es una mística que recorre su historia, inspira a sus directivos, enorgullece a cada uno de sus empleados. Y aquella creación, lejos de ser un hito memorable, se transforma en un poderoso punto de referencia hacia el futuro. Está presente en cada decisión, en la forma de un sueño siempre vigente: dar vida a ideas tan valiosas como la invención original.
Septiembre de 1972. Rafael Antonio Colussi y Néstor Vénica realizan la prueba piloto del primer Protector Automático de Motores. Lo llaman VIGIA. Después de dos años de experimentación solucionan el grave problema que los desvelaba como mecánicos y que ninguna fábrica automotriz había podido resolver. ¿Cómo evitar que los motores se fundan por exceso de temperatura o por baja presión de aceite?